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Alimentar nuestra memoria común con poesía es lo que impulsa nuestro trabajo de escritura.

En el corazón de nuestro trabajo hay relatos comprometidos, inspirados en los grandes temas que moldean nuestro mundo; hay historias llenas de esperanza, aunque sin final feliz. Hay transformación de los espacios públicos en beneficio de imágenes poéticas. Hay lentitud, búsqueda de ligereza. A menudo hay colaboración con los habitantes de los lugares donde nos instalamos. Hay una profunda convicción: donde se desarrolla la acción cultural, se vive mejor juntos. Hay una frontera tenue entre lo imaginario y lo real. No hay historias de gigantes, sino historias de hombres y mujeres, y muchas historias de niños y niñas.